Sin siquiera mirar su gesto, Román Gutiérrez arranca una hoja de maíz, la arruga y abre la mano. El confeti marrón cae sobre un suelo agrietado y sediento. El productor de 51 años se hunde en su campo, cerca de Pergamino (230 kilómetros al noroeste de Buenos Aires). Los brotes, muchos secos, rozan su hombro. Deben, robustos y verdes, superarlo ampliamente. Las orejas están atrofiadas, salpicadas de raras hinchazones atrofiadas de color amarillo pálido. Las semillas de maíz deben hincharse antes de la cosecha, abundantes y regordetas. El granjero entrecierra los ojos.

Roman Gutiérrez, agricultor, en su campo de maíz, en Pergamino (Argentina), 17 de marzo de 2023.

Incluso a mediados de marzo, cuando llega el otoño austral y con él temperaturas más suaves, un sol abrasador sigue azotando la llamada región de » centro « : El orgullo agrícola de Argentina, en el centro-este, hogar de la tierra más fértil. Aquí, en millones de hectáreas, se cultiva soja, maíz y trigo. El motor productor y exportador del país. Es este año sofocado por una severa sequía con consecuencias en cascada en una economía ya débil.

Argentina vivió el verano más caluroso de su historia. El “núcleo” agrícola fue particularmente afectado por temperaturas percibidas que superaron repetidamente los 40°C, bajo el impacto del fenómeno natural de La Niña y el cambio climático. En promedio, el verano mostró un termómetro 1,3°C por encima de lo normal. Calor extremo, que ha terminado de evaporar la poca humedad del suelo.

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Porque, desde 2019 ya, el sector se ve sacudido por la sequía. Según el Servicio Meteorológico Nacional, solo el 44% de la precipitación promedio cayó en los últimos cuatro meses de 2022. La cantidad más baja en treinta y cinco años. La situación afecta directamente al sector cerealero, cuyo riego depende casi exclusivamente de la lluvia. Hecho sin precedentes: una helada repentina, entre dos olas de calor en febrero, un duro trato a las plantaciones que aún resistían.

Un panorama “dramático”

“Duele, es un año perdido, incluido el capital invertido. Cada hectárea son $2,000 en fertilizante, maquinaria…”, pesticidas, calcula Román Gutiérrez, quien arrienda cerca de 700 hectáreas, una finca mediana, para los estándares argentinos. Más tiempo, su campo de soya es un cementerio de brotes bajos, marrones y atrofiados. Dos semanas antes, quería limitar la rotura de una finca no apta para la cosecha y dejar entrar a sus 120 vacas, que pastaban en los escasos brotes verdes. “Normalmente deberíamos volver a sembrar trigo en mayo, pero dudo, no hay suficiente humedad en el suelo”él continúa.

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